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A una edad temprana vivencié la pérdida de Esther, mi mejor amiga, y me congelé, tal, que, ante la noticia de su muerte y en días sucesivos, no expresé lágrimas y durante años pensaban que ésa era mi rareza. Transité, desde mi ignorancia, con el corazón roto, sin buscar el consuelo y hace poco, con la ayuda de mi psicoterapeuta, comencé a limar una forma de coraza que como un lodo metálico envolvía a mi ser esencial desde años atrás.

Sabemos que las memorias dolorosas no mutan ni se transforman, sino que permanecen latentes en el cuerpo aunque pasen muchos años. Cuando no atravesamos ni reconocemos el dolor éste se sumerge pero no desaparece. Este lugar de nuestra psique es lo que denominamos en el método Inner Bonding para la salud emocional, el niño interior herido. En mi caso, la niña interior, ha vivido un miedo y una resistencia tenaz a sentir la pena y el dolor dominada por la falsa creencia infantil que si me daba permiso, podría morir.

El ángel del dolor vino a verme este pasado año, con la vehemencia de un tsunami: tres pérdidas definitivas, los estragos de una enfermedad cercana y otros finales, igualmente dolorosos. En otro momento vital la inercia hubiera transitado estos hechos, de puntillas y con un impostado positivismo. Pero esta vez, por mi propio momento evolutivo, elegí atravesarlo a pecho, con coraje.

El dolor, cuando aparece, es mayúsculo, no necesita adjetivos, porque es radical. El dolor, duele. Se instala, te perfora y te habita a un nivel esencialmente profundo. Observar el dolor propio es una oportunidad para sanar. Tantas veces la vida y nuestros vínculos nos ofrecen este regalo. Y es cierto, que momentáneamente, nos es más fácil, y más cómodo, negarlo, taparlo o esconderlo.

Muchos de nosotros, hoy, aún de adultos, no disponemos de los recursos internos para lidiar la resistencia y el miedo que causan las emociones dolorosas como la impotencia, la pena o la ruptura del corazón. En un proceso de terapia, cuando facilitamos el espacio para abordar el cuerpo, con atención plena y con una mirada abierta y compasiva, la energía antigua en forma de memorias dolorosas rebrota y se muestra. Para sentirla preciso estar dispuest@ a soltar el control y las expectativas, a rendirme confiando que el reto de la travesía conducirá a un valle de serenidad y consuelo hacia la sanación.

El dolor y el amor son las dos caras del mismo ser, humanos. Ambas pertenecen al corazón, que es nuestro guía para vivir con verdad.

Crecer es también aprender a transitar el dolor. Paso a paso. Como un lobo, cuya huella has de seguir.